“La digitalización está dejando de ser un desafío económico y está pasando a ser un problema político y de gobierno glonal. Algunos estudios señalan que, en 2030, la IA puede aportar hasta 13,33 billones  de euros a la economía global (más que la producción actual conjunta de China y la India). La esencia del conflicto político que plantea la cuestión de la gobernanza global es qué tipo de institución (si un país o una empresa digital) va a liderar este proceso, creando una asimetría global en términos comerciales, de flujos de información, de estructuras sociales y de poder político. Ello constituye un desafío al “sistema internacional”, tal como lo conocemos hoy, basado en las relaciones entre distintos estados nacionales.

La inteligencia artificial está generando nuevos sistemas a gran escala, basados en 1) los servicios (como la gestión del tráfico y los vehículos inteligentes; los nuevos servicios bancarios, o la viabilidad de nuevos ecosistemas de salud); 2) la nueva generación de la fabricación, el internet de las cosas y la robótica (la industria 4.0), y 3) la mejora de la electrónica mediante una nueva generación de microprocesadores y chips altamente especializados. El “alimento” de la IA es internet, como principal fuente de datos, la potencia de cálculo y las infraestructuras de telecomunicaciones.

No todos los países van beneficiarse del mismo modo, puesto que la riqueza aportada por la IA dependerá de la disposición de cada país para “conectarse” a internet. Esta es la esencia del problema político: entre un espacio no territorial basado en redes informáticas de gran escala y el “pequeño” estado nacional (recientemente el Ministro de Exteriores, Josep Borrell ha hecho una reflexión similar en relación a la tasa Google, en el sentido que la regulacion impositiva de las grandes plataformas digitales debe ser resultado de la acción coordinada de la Unión Europea)

Los gobiernos -ya sean democráticos o no democráticos- han visto la necesidad de ejercer de nuevo su autoridad sobre distintas dimensiones. En primer lugar, cómo regular de facto unos monopolios privados globales (como Google, Facebook, Apple y Amazon) que están fijando unas nuevas reglas de la competencia, creando nuevos mercados tecnológicos y desdibujando las fronteras entre distintos sectores. En segundo lugar, muchos países han percibido que el “acceso” a internet se ha gestionado de una forma demasiado centrada en los Estados Unidos. Un buen ejemplo de ello es la gobernanza de las direcciones IP, que ha creado un precedente en la gestión de un “recurso universal” por parte de una institución “privada” como la ICANN, radicada en los Estados Unidos. Tercero, la gran mayoría de las innovaciones digitales y las tecnologías y aplicaciones de IA provienen de un único ecosistema “público-privado” estadounidense: Silicon Valley. Finalmente, aunque internet es global, la inversión en infraestructuras (como el 5G) requiere enormes inversiones a cargo de unos operadores locales de telecomunicaciones (antes públicos) cuyos modelos de negocios son insostenibles.

Mientras la Unión Europea se está esforzando por regular las plataformas globales de Silicon Valley, China ha empezado a bloquearlas con un “muro digital”, promoviendo el proteccionismo y preparándose para dar el golpe y competir en el juego de las tecnologías globales. Algunos ejemplos de ello son los gigantes tecnológicos, como Tencent, Baidu y Alibaba, y el impresionante proyecto de la Ruta de la Seda Digital, que pretende conectar la UE y China con diferentes infraestructuras, como satélites, la tecnología 5G y cables submarinos. Este proyecto puede ser la infraestructura que permita a China convertirse, hacia 2030, en “el primer centro mundial de innovación en materia de inteligencia artificial, transformando el país en una nación líder por el estilo de su innovación y en la mayor potencia económica del mundo”, según el Plan nacional de IA de China.

La reacción de la Administración estadounidense es dejar de promover la globalización y pasar a apoyar el nacionalismo económico. Por ejemplo, desde esta óptica podemos interpretar el veto a Huawei, por dos vías: 1) desafiando la tecnología china de telecomunicaciones con el fin de bloquear su dominio tecnológico potencial y, de una forma más sutil; 2) asestando un golpe a Google, puesto que ello limita su poder monopolístico en el ámbito del sistema operativo móvil más extendido en todo el mundo.

Silicon Valley está en el punto de mira, y no solo de los partidarios del nacionalismo económico. Casi el 50 % de las personas que viven en la zona de la Bahía no son ciudadanos estadounidenses. Silicon Valley está creando importantes desigualdades en el acceso a la vivienda, a los servicios de salud y a la educación. La nueva alcaldesa de San Francisco, London Breed, se ha fijado como primera prioridad un plan para promover la vivienda accesible. Las voces de la izquierda del Partido Demócrata estadounidense están reclamando medidas reguladoras para limitar el poder de las grandes plataformas digitales estadounidenses. En algunos casos, incluso piden “dividirlas”. Pero los Estados Unidos no pueden dividir sus plataformas si China no aplica una medida similar.

Además, la Reserva Federal norteamericana mantiene unos tipos de interés positivos desde el fin de la recesión, que contratan con los tipos negativos de la UE. Aunque la diferencia entre estos tipos sea pequeña, cabe especular sobre (1) un mayor control de la sobrevaloración de las start-ups tecnológicas y 2) acaso intentar desviar los flujos de inversión de las start-ups tecnológicas hacia otros sectores y regiones de los Estados Unidos. Ello puede implicar utilizar la IA y la robótica como “mano de obra barata” y restituir la industria a las regiones “obreras” de los Estados Unidos. Si esta hipótesis es cierta, la Administración estadounidense estará considerando que fabricar y proveer su mercado local es más importante que la globalización y el comercio, un juego en que China puede ganar.

¿Qué puede hacer Silicon Valley? Las gigantes tecnológicas están promoviendo infraestructuras de “IA abierta”, lo cual significa “abrir la caja” de los algoritmos y difundir las innovaciones, facilitando a las industrias el acceso a estas tecnologías, y estar conectados con la nueva economía, basada en las plataformas digitales globales.

Pero el anuncio de Facebook de la criptomoneda Libra ha añadido una nueva dimensión. Facebook intenta convertirse en una institución que desafía el sistema bancario. El ecosistema de IA y blockchain de Libra abarca distintossectores (servicios de pago, comercios, cadena de suministro global y servicios del automóvil, entre otros) y cuenta con el respaldo de depósitos y deuda pública. Su ubicación es una nueva señal potente: Ginebra. Eso es, no está en la UE (ni en la zona euro), pero sí en Europa. No está en Silicon Valley, pero tiene el respaldo de una alianza impresionante con sede en los Estados Unidos. Facebook quiere convertirse en una institución en una zona “neutral”.

La cuestión crucial que todo ello plantea se refiere a la gobernanza global, en una lucha entre los estados y las corporaciones digitales globales: ¿Qué tipo de instituciones y de liderazgo necesita el mundo para gestionar este desafío?

Fuente: Expansion

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