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Dos revoluciones están cambiando nuestra vida. Una es la revolución digital y otra la revolución feminista. Los jóvenes han nacido con ellas. Para los mayores son una novedad. La mayoría de la gente se ha adaptado; otros, menos. O nada. Pero ambos cambios son, además de un desafío, una oportunidad. Este es un mundo en transición.

Las dos revoluciones son distintas, pero no opuestas y están en contacto. La revo­lución digital está cambiando, en lo social, la concepción del trabajo y del ocio; en lo interpersonal, las relaciones entre las personas; y en lo personal, los hábitos y las creencias morales. Por otro lado, la revolución feminista está transformando lo individual con nuevas identidades; lo interpersonal con nuevos roles, y lo social con nuevos derechos y responsabilidades. Ambas impulsan también nuevas formas de lo político. Así, la revolución digital refuerza la visión individualista y tecnocrática de lo público; la feminista, lo comunitario y compasivo de lo mismo. El neoliberalismo actual corresponde a la primera visión. El populismo de izquierdas lo hace con la segunda. Y el po­pulismo de derechas ensambla las dos: neo­liberalismo tecnocrático y comunitarismo nacionalista de una sola vez. Se trata de un extraño maridaje occidental (UKIP, Trump, Bolsonaro, Le Pen, Salvini) no menos raro que el doble sistema comunista-capitalista de China o el zarismo popular ruso. Pero les funciona.

Las dos revoluciones están ligadas a dos nuevas ideas sobre la inteligencia. De un lado, el nuevo mundo digital avanza al mismo tiempo que el modelo de inteligencia artificial (apóstol: Marvin Minsky). De otro, la transformación feminista lo hace ligada al patrón de la inteligencia emocional (Daniel Goleman). Si antes se habló de “dos culturas”, Ciencia y Humanidades (C.P. Snow), hoy se impone la dicotomía de estas “dos inteligencias”, cada una con su propia esfera de valores o competencias. Para la inteligencia artificial: talento, innovación, emprendimiento, liderazgo, competitividad, autodependencia. Para la emocional: creatividad, cuidado, solidaridad, compasión, empatía, resiliencia. Aunque ambas comparten competencias blandas: motivación, asertividad, mindfulness, autoestima, colaboración…

Las dos inteligencias están, sin embargo, desacopladas. Cuanta más inteligencia artificial, más inteligencia emocional. A veces se llevan bien, pero otras mal. Unos quieren cooperantes, pero otros prefieren robots. Habrá que pensar.

Fuente: La Vanguardia


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