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La transformación digital de las administraciones públicas está tomando tracción a nivel internacional. Países como Gran Bretaña, Francia, Dinamarca, Noruega, Portugal, Polonia e Italia han creado departamentos de transformación (GDS, TeamDigitale, Disruption Task Force Denmark), laboratorios de diseño de servicios públicos (Stimulab, LabX), oficinas del dato (Data Gov UK), o aceleradoras para la co-creación de servicios con emprendedores (Govtech Catalyst, Civtech).

A nivel nacional, existe un creciente interés por este espacio de innovación alrededor de la tecnología. Barcelona o el gobierno de Aragón han creado iniciativas y normativa para abordar temas clave como el trabajo con datos, o la experimentación en los procesos de diseño. Galicia y la ciudad de Madrid son referentes en compra pública innovadora, a la que cada vez se suman más ciudades y regiones. No obstante, son todavía casos aislados.

Durante años, las instituciones públicas se han concentrado en desarrollar ecosistemas de innovación, en crear centros de investigación e incubadoras, o en promover la inversión en I+D. No obstante, poco foco se ha puesto en modernizar nuestras instituciones: transformar la casa por dentro, no sólo por fuera. Es realmente chocante ver el desarrollo de políticas para la digitalización de las PYMES por parte de gobiernos que no hacen esfuerzos por transformarse. Es difícil, complicado dicen. Para una PYME también lo es. La diferencia es que si una PYME no se sube a la lógica digital muere, una institución pública sobrevive. Hasta ahora.

Nuestras instituciones públicas se enfrentan a retos como el envejecimiento de la población, la contaminación, el acceso a la vivienda, o el futuro del trabajo. Las expectativas de la ciudadanía respecto a sus instituciones están cambiando: la generación digital espera de sus gobiernos una mejor prestación de servicios, una mayor eficiencia económica del Estado y la oportunidad de participar en la vida pública de manera constante.

Aunque los retos y las expectativas crecen, los recursos y el espacio fiscal de nuestras administraciones sigue intacto. Hoy sí, existe una urgencia de cambio.

Pero, ¿cómo empezamos este proceso de cambio? A nivel internacional existen suficientes casos para identificar las claves de la transformación pública. Pero una está presente en todos los ejemplos exitosos de transformación: el liderazgo público. Dado que seguimos en año electoral, es el momento perfecto para subrayar la responsabilidad y la oportunidad que los líderes políticos de nuestro país tienen en este espacio.

Primero, los políticos y directivos públicos, sea cual sea su cartera y responsabilidad, deberían de tener como objetivo hacer que el uso de los datos, el diseño de servicios centrado en las necesidades de las personas, y una contratación pública abierta a la innovación sean parte esencial del ADN de sus instituciones. La transformación pública no es responsabilidad del equipo de innovación o de tecnología. Esa excusa ya no vale.

Segundo, se necesita crear un nuevo sistema de incentivos para promover la cultura de la experimentación, rompiendo con la aversión al riesgo y cortando con la inercia caduca que estigmatiza a los que se atreven a probar.

Tercero, se debería de hacer un esfuerzo para atraer nuevos talentos digitales a la administración: si hay posiciones para asesores de libre elección, ¿por qué no reservar algunas para expertos en datos, desarrolladores o diseñadores de servicios?

Y por último, el cambio necesita liderazgo, pero también presupuesto. Se necesitan políticos que sepan priorizar y administrar, con una mirada a largo plazo, fondos para la creación de unidades de transformación, para pilotaje, o formación de funcionarios en capacidades digitales.

Sabemos que lo que proponemos en este artículo es una gran batalla. Pero la mejora del servicio a una ciudadanía cada vez más expuesta a la incertidumbre y el mejor uso de los recursos públicos hoy es un deber, no una opción electoral. Las posibilidades son infinitas, la urgencia también. En los siguientes años tenemos la oportunidad de sentar las bases para unas instituciones públicas que pongan en el centro a las personas, y los políticos podrían ser los grandes promotores de este cambio. Si quieren un país innovador y una nación emprendedora, tienen cuatro años para dar ejemplo.

Fuente: 

Idoia Ortiz de Artiñano, I. O. A. (2019, 16 octubre). No habrá nación emprendedora si no hay un Estado innovador. Recuperado 16 octubre, 2019, de https://retina.elpais.com/retina/2019/10/10/tendencias/1570702793_972311.html

Categorías: Sociedad

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